Se describe a sà misma como alguien que confunde el dolor con dirección, caminando hacia espinas creyendo que son guÃa. Pero a medida que avanza, descubre que esa inclinación no es deseo, sino un hábito aprendido en silencios antiguos. Cada golpe emocional que acepta sin protestar se vuelve un espejo que revela lo que necesita soltar. En su viaje, la herida deja de ser brújula y comienza a ser maestra: le muestra el valor de elegir caminos que la honran. AsÃ, paso a paso, comprende que su verdadera fuerza no está en soportar, sino en aprender a cuidarse, incluso de sà misma.
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