A veces, la tristeza se posa sobre los hombros como una nube que no entiende de horarios. Pero aparece alguien que no intenta disiparla con palabras vacías, sino que ofrece un camino compartido. Su invitación no es un rescate, sino una mano abierta que promete compañía mientras el cielo se aclara solo. En ese andar juntos, quien cargaba la pena descubre que la luz no siempre llega de golpe: a veces viene en forma de pasos compartidos, de silencios cómodos y de la certeza de que ninguna sombra es tan pesada cuando se camina acompañada.
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